Ayer, después de mucho tiempo he vuelto a pasar por el Jirón Montevideo, donde para sorpresa mía, junto a la agencia de transportes, había una señora con un par de ollones vendiendo carapulcra con sopa seca.

La carapulcra con su sopa seca

Es un hecho innegable que los chinchanos no podemos pasar la oportunidad en cualquier momento de comernos el plato bandera de nuestro pueblo, que también buscan los turistas que van a Chincha, porque no podrían decir que han estado allá si no han comido su carapulcra.

Se le llama “mancha pecho” porque en las fiestas típicas para saber a quien falta servirle, basta mirarle el pecho; el que ya comió tiene la camisa manchada con el color ají panca de la carapulcra.

Lo aprendieron los estudiantes sanmarquinos con quienes fuimos a hacer un trabajo de investigación luego del trágico sismo del 15 de agosto del año pasado. En esa oportunidad almorzamos en las cocinerías del mercado donde nunca falta el tradicional plato que en su momento probara Chincaycamac (dios tutelar de los Chinchas) allá cuando empezó a poblarse este “pedazo de tierra de grandes virtudes…” como nos lo recuerda el vals.

Pero volvamos al Jirón Montevideo de nuestra nota, que conocimos cuando llegamos a Lima a estudiar a los 16 años y era el lugar obligado donde encontrábamos a los patas del colegio y de ahí nos íbamos “en mancha” a pasar unas horas en el cuarto alquilado que alguno tenía en las cercanías. También íbamos a esta calle en busca de noticias de nuestra tierra. El jirón Montevideo era pues un símbolo de chinchanidad.

Ahora es otro el Jirón Montevideo

La zona ha cambiado radicalmente y ya no tiene esa gracia de antaño. No está el café de la esquina donde en grupo solíamos comernos una tortilla de jamón. Tampoco está el billar de mitad de cuadra ni el paradero de autos que iban a Chincha.

Hay que reconocer que esta zona no podía ser la isla inmóvil frente a los nuevos vientos que trae el desarrollo de una metrópoli que crece caóticamente al ritmo que le imponen los migrantes.

Recordar es volver a vivir

Sentado en la banca que a propósito había colocado la señora para sus clientes, saboreando el “mancha pecho” preparado con la sazón típica de esta chinchana grociopradina, estuve un poco desconectado de las circunstancias porque mi mente se había inundado de aquellos gratos recuerdos de mi adolescencia y de los amigos con quienes solíamos encontrarnos en esta calle.