Escrito por Rubí López Osorio*

Antibiótico tras antibiótico es la medicina perfecta para aliviar el dolor y cada gota de suero pone mejor mi organismo.

Ya es costumbre sentir tantos hincones en la piel y que a toda hora se lleven pomitos de sangre, sobre todo que no me dejen dormir.

Todas las noches caen lágrimas de desesperación por salir corriendo con dirección a casa, pero es imposible, malograría el tratamiento por completo.

Lo único que despeja mi mente es el inmenso mar que veo por la ventana todas las mañanas, además de las diminutas casas que puedo observar del sétimo piso en el que me encuentro. A mi lado derecho está la cama 7064, la ocupa una señora muy buena y graciosa, tiene un parecido a mi abuela por el tamaño, la voz baja, el cabello ondeado y por ser de edad.

Por otro lado las “enfermeras locas” siempre las catalogué así porque sólo se dedican a tener una jeringa en la mano e hincar sin asco, además de “chismosear”.

Como olvidar el almuerzo y cena, lo más horrible de un hospital, sin sal, sin sabor y duro. Pero es la buena alimentación de un paciente internado.

Todos los días esperando que sean las 2:00 pm para ver a mis seres queridos.

“Ya me quiero ir” es mi única frase, el aburrimiento, la desesperación por volver a casa me embarga, solo quiero volver a caminar lo más pronto posible porque ya no aguanto mas este encierro que a la vez es por mi bien.

*Rubi, ha sido una paciente internada en nuestro Servicio. Durante ese periodo escribimos “Pan con Soledad