El boom de la “cultura de la calidad” ha colocado en un lugar privilegiado el paradigma del cliente, señalando que es quien tiene la razón, que paga nuestros sueldos, decidiendo finalmente si la empresa es o no exitosa.

Estos hechos globalizados han producido cambios en el entorno que también han repercutido en el sector salud, donde se ha incorporado este paradigma obligando a reformular todos los procesos orientados a la atención de los usuarios.

El trabajador ha sido el gran ausente

Pero en esta euforia muchas veces se olvidaba al personaje que se encarga de realizar los procesos orientados a dar un producto de calidad al cliente. Por esta razón en el mismo lenguaje de la mercadotecnia se le asignó el nombre de “cliente interno” con lo cual se quería dar a entender que “en tanto cliente” debía ser revalorado. Lamentablemente, muchas veces este deseo había quedado sólo como tal: como un deseo, o tal vez en fraseología hueca.

El reconocimiento del trabajador es una cuestión de ideología

Si no tratemos de explicar cómo bajo esta concepción se puede sostener un trato inequitativo con el “cliente interno”, quien con sueldos de hambre difícilmente podrá lograr la satisfacción de sus necesidades primarias.

Por ello, es impostergable que dediquemos nuestro esfuerzo a mejorar no sólo los sueldos del trabajador de hospital, sino también las condiciones de trabajo.

Hacia un hospital agradable

Para este lograr este objetivo, debemos involucrar a todos los actores para que en primer lugar internalicen el concepto y podamos dar satisfactores materiales y no-materiales, que como está demostrado tienen un peso específico en el reconocimiento de los trabajadores como personas.

De esta manera lograremos convertir al hospital de Ventanilla en un establecimiento de salud agradable, que satisfaga las expectativas de la comunidad, donde “el cliente interno” tenga condiciones de trabajo adecuadas y un mejor reconocimiento a su esfuerzo para satisfacer expectativas “del cliente externo”.