Había terminado la jornada de ese día y conversábamos con los brigadistas sobre algunas incidencias que pudieran haber tenido. Los jóvenes hacían bromas, teniendo siempre la risa a flor de labio.

Uno de ellos dice: “miren lo que he traído”, al tiempo que extrae de su mochila un frasquito y lo agita para mostrar lo que había en su interior.

Se trataba de frasquito con agua, en cuyo interior se observaban gran cantidad de larvas del Aedes y que había sido tomado de un recipiente de agua limpia de una de las casas visitadas esa mañana.

La pecera de los pobres.

Nos relata entonces, que en una de las casas visitadas era notoria la visualización de las larvas en un recipiente de vidrio lleno de agua limpia, pero la familia no tenía la menor idea que se trataba de larvas del mosquito trasmisor del dengue.

“Mis hijos observaban todos los días el recipiente como si fuera una pecera”, nos dice que refería la dueña de casa.

“Ellos creían que eran pescaditos y todos mis hijos pequeños se agolpaban alrededor del recipiente para verlos”, dice que agregaba la señora cuando se le empezó a explicar lo que realmente era eso que se movía en el interior del frasco.

Ese frasco lo hemos tenido en la oficina para observarlo diariamente y hemos podido apreciar al día siguiente que en su interior ya había zancudos volando. Se había cumplido pues el ciclo biológico del Aedes aegypti.