Era casi el mediodía y había acudido a aquel domicilio para atender a un paciente coberturado por un Plan de Seguros. Me recibió una dama de mediana edad, quien me hizo pasar directamente al lugar donde éste se encontraba. Las atenciones domiciliarias generalmente se realizan en la sala de la casa o bien en el dormitorio del paciente.

Al cruzar la sala para dirigirme al dormitorio, pude ver en otro de los ambientes de la casa a un hombre casi adulto mayor, sentado en una silla. Su rostro me pareció conocido y durante toda la consulta estuve tratando de precisar de quien se trataba.

Al terminar la atención médica, ya casi despidiéndome me atreví a preguntarle a la señora que me abrió la puerta por aquella persona que vi de reojo al ingresar a la casa. En ese momento ya tenía mayores elementos de referencia porque entonces asocié el apellido del paciente con ese rostro, llevándome a tener casi la certeza que se trataba de la misma persona a quien había conocido hacía casi 30 años atrás y de quien luego había sabido muy poco de él.

– Disculpe la indiscreción pregunté, pero el señor que está en la otra habitación no es el Doctor Lladó?

– Sí, me respondió, es mi padre.

– Perdone, pero antes de irme podría pasar a saludarlo?, explicándole las razones de este pedido.

– Un minuto por favor, que voy a comunicarle.

Esperé en la antesala hasta el momento que dijo: pase por favor, doctor.

Estando frente a él pude recordarlo. Sí, era el doctor Miguel Lladó.

Estrechándole la mano le dije que lo había conocido hacía casi 30 años, cuando él trabajaba en los Servicios Médicos de la Universidad de San Marcos. En aquella ocasión, yo era un estudiante de los primeros años de medicina y recuerdo entonces que había ido a algunas consultas al centro médico por problemas de salud que nunca faltan.

El doctor Lladó, el mismo que tenía ahora delante de mí, me había atendido en aquellas oportunidades  y siempre con mucho calor humano. Esos gestos no la he olvidado nunca. Por eso ahora, estando en su domicilio me sentí en la obligación de saludarlo, a sabiendas que lo más probable era que él no se recordara absolutamente de mi persona. Sucede  casi siempre que el paciente sí graba en su memoria el rostro de los médicos que lo atienden, máxime si quedan recuerdos gratos de las atenciones, como es el caso.

Conversé brevemente con él y me quedé asombrado de su inalterada lucidez. Le recordé la anécdota y procedí a despedirme. Yo estaba sumamente complacido de ver a esa persona que por su manera de atender a sus pacientes me quedó grabado para siempre como la manera más adecuada que debe tener el médico clínico para atender a quienes le solicitan sus servicios. Es lo que ahora llamamos una atención personalizada, dedicando el tiempo suficiente para la consulta y dispuesto a escuchar al paciente.

Estando ya en la puerta dispuesto a abordar mi vehículo, tuve que volver porque la hija del doctor me dijo que esperara un momentito porque él quería dedicarme un libro.

Es que no lo he dicho todavía, el doctor Miguel Lladó, además de médico geriatra, es también un escritor. Ha publicado varios libros y a sus 84 años continúa haciéndolo, esta vez -me dice su hija- utilizando la computadora.

De uno de sus libros voy a colocar los siguientes párrafos:

¿Hacia dónde vamos?

¿Hay algo más allá de esta cobija de carne

que pasa a gusanos y después a polvo?

¿Es la muerte un instante fugaz o la ventana

por la que se mira otra dimensión de la vida?

¿Somos barro insuflado de aliento

o energía que mueve el barro

y se diluye cuando quiere?

¿Tiene la belleza la duración del viento

que pasa y se pierde, y es otro el fulgor

que viene y con él otra belleza?

¿Es la vejez el aire en reposo, la prudente

pero imposible inmovilidad?

¿Es que casi todo pasa y poco permanece?

¿Es que tampoco el tiempo nos sobrevive,

porque el que queda cuando nos vamos

es otro fragmento de tiempo?