En homenaje a nuestro Héroe Civil, hemos tomado estas notas publicadas en la web de sanfernando.

CARRION: TESTIMONIO DE PARTE

Escribe Ángel Gavidia Ruiz

Cada médico peruano lleva un Carrión en su corazón. Un Carrión hecho a su imagen y semejanza. Es decir, construido con sus propias vivencias y sus propias lecturas (no son más que otro tipo de vivencias). Será por eso que llevo conmigo al Carrión provinciano, al niño cerreño que terminó la primaria en Tarma y ya adolescente viajó a la capital. Caminó para llegar a Lima ocho días a lomo de caballo entre truenos y relámpagos y no sé cuánto tiempo más en el ferrocarril. Pero llegó. Indudablemente el afán de progreso intelectual  le cosquilleaba el alma. Porqué, sino, la precoz escuela tarmeña tan alejada de su Cerro nativo y porqué el colegio Guadalupe y porqué San Marcos y porqué San Fernando…

Manuel Scorza escribió alguna vez “Yo soy el estudiante pobre/ que tiene un solo traje y muchas penas/ yo soy el provinciano que no encuentra la puerta en las pensiones”. Qué bien me hizo este poema al descubrirlo, colgado como un mural, en una de las aulas sanmarquinas. Hace muy poco he leído un glosario de cartas de Carrión y entre ellas la dirigida a su padrastro, Don Alejandro Valdivieso Riofrío. En ésta le hace un detallado informe de sus gastos, como diciéndole  no me quedo con un céntimo más, pero, aun así, la mesada no alcanza. Carrión recibe 400 soles mensuales y sus gastos ordinarios ascienden a 484 soles por lo que le ruega aumentarle 100 soles más “Haga U. este sacrificio por esos cuatro meses lo que es para el año entrante, mi plan está ya trazado y creo que no le será oneroso en lo menor”. La misiva termina: “Además como le hablé tengo que mandar componer la mayor parte de mis camisas lo cual creo no subirá  de 50 soles. También me hará el servicio de dar una ordencita para ello”. La carta es del 8 de agosto de 1885. Diecinueve días después  se inocularía  el exudado de una lesión verrucosa en ambos brazos.

Carrión era un prolífico escritor de cartas familiares. No perdía oportunidad para hacerles, aunque fueran, tan solo unas líneas a sus padres distantes. Un paisano, un amigo, un ocasional viajero, un arriero, el correo, eran circunstancias propicias para que Carrión escribiera. Es que, en la distancia, las cartas son o, más precisamente, eran, el cordón umbilical por donde fluían no solo los afectos si no también los problemas, las preocupaciones, las urgencias, las desgracias, las premuras. Por eso Juan Gonzalo Rose, que sabía de cartas y distancias, escribiría: “Tengo en el alma una baranda en sombra./ A ella, diariamente me asomo, matutino,/ a preguntar si no ha llegado carta;/ y cuántas veces/ la tristeza celebra en mi rostro/ sus óperas de nada./ Una carta./ Que me escriba una carta la que me hizo/ los ojos negros y la letra gótica,” Y la que le hizo los ojos negros y la letra gótica a Carrión fue doña Dolores García Navarro. Guardo especial cariño por ella. La percibo casi una madre vallejiana. Vallejiana en el dolor y en la maternidad. Tenía a sus dos hijos mayores, Daniel y Teodoro, en Lima, lejos de ella; dolorosamente lejos de ella. En una carta del 6 de junio de 1884 le dice a Carrión “Teodorito esta sufriendo de cólicos y no tiene quien lo cure es preciso que vayas Jueves y Domingo y lo veas lo cures dale algunos remedios tu ve por tu hermano y el vera por ti hay hijo están en tierras extrañas es el único consuelo que me queda que están los dos para verse unos á otros hay hijo quisiera que veas este corazón destrozado por UU de día y de noche pensando en la suerte o porvenir de todos que me desespera los domingos que salga tu hermano coman juntos y lleva una razón cuanto gastas los domingos”. Cómo no recordar, aquí, a Vallejo “He almorzado solo ahora, y no he tenido/ madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua/…/El yantar de estas mesas así, en que se prueba/ amor ajeno en vez  del propio amor, / torna tierra el bocado que no brinda la/ MADRE”. Carrión dirigió muchas cartas a doña Dolores. Pareciera que la formalidad o la rígida compostura de esa época sofrenaba en el estudiante cerreño un vocativo más afectuoso, le dice apenas: “Apreciada mamá”, “Respetada mamá”, “Estimada mamá”, “Querida mamá”, y cuando se despide “Mande Ud. como quiera en el corazón de su hijo” o más escuetamente “Sin más, su hijo”, doña Dolores es más expresiva: “Mi querido y no olvidado hijito de mi corazón”. Hubiera esperado encontrar una carta desgarrada de Carrión, una carta donde la desesperación  hubiera crispado el papel, pero no, en el epistolario que reseña Delgado Matallana hay una serenidad apenas interrumpida por algunas expresiones a las que el lenguaje coloquial se encarga de restar contundencia “La que llevamos aquí, no es vida, pues pasan cosas nunca vistas, pero felizmente con respecto a nosotros ( se refiere a su hermano Teodoro y a él) no hay novedad” dice en una de ellas, y en otra: “Lima cada día de mal en peor, todavía no sabemos en que vendrán a terminar las cosas”. Más allá de estas esporádicas quejas hay una esperanza constante, la promesa de reencuentros próximos, la preocupación por Teodoro y por su hermano menor, “el cholito Mario”, que aún vive en la sierra, y la reiterada (casi infaltable) referencia a sus estudios médicos, todo  teniendo como fondo el drama terrible de la guerra.

El Carrión que me acompaña, también, es el Carrión trémulo ante un muñón sangrante; el estudiante que no pudo hacer más y solo ayudó a bien morir a un combatiente; el interno que no llegó a ser tal  y sin embargo,  vivió la carrera con todo el romanticismo con que puede vivir quien tuvo esa soberbia biografía y finalmente, aquel que ofreció sus dos brazos para recibir la inoculación de la verruga, sus brazos firmes, porque en esas circunstancias se estaba probando una vez más como Carrión. Y sospecho que en esa Lima aristocrática y prejuiciosa, donde el racismo seguía siendo tan imbécil como el de ahora pero menos hipócrita,  uno necesitaba probarse muchas veces.

Carrión no pensó morir. Pensó pasar la prueba y como hemos dicho en otra oportunidad, tener el privilegio de palpar la realidad sin intermediarios para luego escribirla. No fue así. Pasa esto frecuentemente en medicina y Carrión lo sabía. Pero, optimista estructural como era, creyó hasta el fin poder recuperarse y proseguir. Solo que al poco tiempo de iniciados sus síntomas ya no pudo incorporarse, luego no pudo controlar la orina, luego no pudo mover las timoratas voluntades de los profesores que lo ayudaron a inocularse, pero dudaron hasta la parálisis frente a la transfusión que hubiera podido salvarlo y Carrión falleció. No sé porqué razón pienso que murió solo. Había, dicen, condiscípulos en torno a él. Puede ser. Pero Carrión murió solo. Y acá se me extrapola la imagen de Cristo diciéndole a su madre:”Mujer, he allí a tu hijo”, señalándole a Juan y a Juan: “Hijo, he allí a tu madre”. Carrión murió sin su madre y dejaba a su madre sin su hijo.

Doña Dolores, vino a radicarse a Lima cuando falleció su esposo. Fue un año después de la muerte de Carrión. Teodoro y Mario Valdivieso, los hijos que le quedaban, murieron “en forma intempestiva” en 1902. Dolores siguió viviendo 16 años más llevando acuestas sus muertos tan queridos. Cuando ella muere, es un sobrino  quien convoca a sus exequias. En mi escritorio queda una carta de Carrión del 22 de junio de 1885, es decir a menos de cuatro meses del deceso del estudiante sanfernandino, donde  le dice a doña María Dolores: “Creo que pronto se resolverá el que U. venga a esta á estar en compañía de nosotros y yo lo ansío vivamente, porque ya estoy bastante cansado de la separación. Abrigo la esperanza de que mi papá mejorará mucho en Piura y quizás obtendrá una curación completa y llenado este fin y el vivir todos juntos en esta es una causa que halaga mucho á mi corazón”. Cuando leo esto, no sé qué decir, entonces vuelvo a Vallejo “Hasta cuándo estaremos esperando lo que/ no se nos debe…Y en qué recodo estiraremos / nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo/ la cruz que nos alienta no detendrá sus remos// Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones / por haber padecido…” e imagino al estudiante del sexto año de medicina Daniel Alcides Carrión García con su mandil blanco, su fajo de papeles de apuntes bajo el brazo y sus grandes preguntas sin respuesta,  caminando por las amplias salas del hospital Dos de Mayo que, más que un lugar físico es, a estas alturas, un lugar espiritual, afincado en el alma de todo médico forjado en estas tierras, en estas duras tierras, que, como dijera el poeta Marco Martos, son nuestras, porque si tuviéramos que hacerlo las elegiríamos, de nuevo, para construir aquí todos nuestros sueños.

Trujillo, 31 de octubre del 2008