Eran las 5.45 de la mañana del día 21 de diciembre de 2012, fecha que según se señalaba, debía darse el fin del mundo.

Me levanté y caminando algo encorvado, en punta de pies, casi como lo hace la pantera rosa cuando se desplaza sigilosamente, colocando además, instintivamente, uno de mis brazos sobre la cabeza, me acerqué a la ventana para ver cómo estaba el día, es decir si ya había sol o si este era un pálido reflejo, o -como diría Valdelomar- “iba oscureciéndose, fijo en el mismo punto del horizonte”; o si llovía como diluvio; o si estábamos en la oscuridad eterna; finalmente, mirar si el mundo estaba hecho pedazos.

Luego de otear todos los contornos tuve la certeza que todo estaba normal, como los días previos, es decir sin cambios sustanciales.

Me dirigí al gimnasio, pero en cada esquina miraba a las bocacalles por si apareciera algo especial, que presagiara algún cataclismo. Nada, todo sin novedad.

Ya en el gimnasio, mientras estaba en la trotadora veía los canales de televisión y todos tenían como noticia central “la profecía de los mayas”, pasando noticias de otras partes del mundo donde ya era el día siguiente, y todo estaba en la normalidad.

Al retornar a casa y mientras tomaba desayuno, leía el diario, donde curiosamente resaltaba la siguiente noticia “Qué le diría a su jefe si hoy se acaba el mundo”.