octubre 2013


El retorno de los egresados en una fecha altamente significativa como es el día del aniversario del colegio es una tradición que se cumple inexorablemente cada año, donde las promociones que cumplen Bodas de Plata o Bodas de Oro tienen inclusive la famosa “Clase del Reencuentro”, a cargo de uno de los profesores insignes del colegio.

La fecha se convierte en el día ansiado para quienes, desde lejos, encuentran la oportunidad de volver a nuestra Chincha Querida y estar nuevamente en el seno del colegio donde pasaron los hermosos años juveniles, llenas de anécdotas mil, que luego son recordadas en el momento de las reuniones de los egresados, generalmente en algún restaurante campestre de la zona.

Los gratos recuerdo de antaño, que mi corazón evoca

Así, resulta un lugar común escuchar, por ejemplo, “Te acuerdas del profesor tal…” para referirse al hecho que quedaría gravado como hito importante en los jóvenes alumnos; o aquella palomillada que habría sido motivo de chacota colectiva; inclusive los famosos “chócala pa’ la salida”, que era la frase con la cual quedaba sellada la necesidad de liarse a golpes a la salida del colegio, porque nunca debía hacerse en el interior del mismo por respeto al colegio, que era en un lugar sagrado que no debía profanarse con hechos como esos y la noticia corría como reguero de pólvora para formar el círculo característico en cuyo centro, cual gallos de pelea (recordamos el cuento de Valdelomar) debía darse la confrontación, a puño limpio, no como ahora que se hace uso fácil del arma blanca, cuando no de otro instrumento que en esa fecha era un recurso vedado.

Del concepto colectivo al individual

Así trascurrieron los años mozos hasta que llega la fecha de la despedida que, como dice el vals “son tristes”, porque da fin a una etapa escolar que tenía como elemento característico el concepto colectivo, la idea del grupo, como elemento motor de ese período y da paso a otra donde la responsabilidad es fundamentalmente personal, que va desde los viajes a la capital para estudiar alguna profesión, o aprender algún oficio, o también entrar a trabajar tempranamente en la propia ciudad.

En el reencuentro volvemos a la “etapa niño”

Por eso la fecha del reencuentro es trascendente por trae a la memoria como un relámpago toda esa etapa de la vida pasada, representando el tema principal de la reunión, donde todos, absolutamente, dejando de lado los status que podrían tenerse, retornan al concepto del colectivo escolar y otra vez la “etapa niño” es el elemento característico de la reunión.

Con paso marcial

El Desfile de las Promociones en ese contexto significa volver imaginariamente a los años mozos cuando había que desfilar para las Fiestas Patrias formando parte de los destacamentos escolares, a los acordes marciales de la banda de música del colegio, para lo cual se ensayaba semanas antes, porque había que dejar bien puesto el nombre del colegio, máxime si había que concursar con los pares de otras provincias y ganar los gallardetes del caso.

El paso y peso de los años no quita esa emoción, como lo vemos cuando el contingente promocional, organizado apresuradamente momentos antes, debe pasar por el Palco de Honor, donde están las autoridades del colegio y en oportunidades las autoridades políticas de la provincia, porque como dice nuestro himno, debemos marchar  “… con paso triunfal que ha sonado el clarín de la historia y nos llama la meta a tomar… y su nombre muy alto llevemos con ahínco, valor y tesón(del Himno del Colegio)

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Cada 12 de octubre, fecha de aniversario del Colegio “José Pardo y Barreda” de Chincha, ésta se convierte en un buen pretexto para que los que nos formamos en este centro educativo, retornemos para participar en los actos celebratorios del alma mater.

Tal vez lo que más emoción produce es el “Desfile de las Promociones”, que se desarrolla el día central. El punto de reunión es siempre el patio central del colegio, lugar donde empezamos a buscarnos los integrantes de cada promoción. No siempre es fácil reconocernos de primera intención, sobre todo con aquellos compañeros con quienes no nos vemos desde hace bastante tiempo, porque es fácil entender que el paso de los años va produciendo algunos cambios fisonómicos que modifican parcialmente nuestra apariencia.

Pero luego de reconocernos, porque existen rasgos que no cambian, nos estrechamos en fuertes y prolongados abrazos porque hemos encontrado al compañero de estudios con quien compartimos innumerables anécdotas, porque la vida es estudiante ha sido siempre la edad de oro de la juventud, de la mataperrada inocente que recordaremos siempre, de alguna jugarreta al profesor que generaba risas colectivas, de las bromas entre nosotros, etc.

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Entonces es fácil colegir los sentimientos que aflorar en las reuniones de reencuentro, que necesariamente –en estas fechas- deben terminar en algún restaurante, casi siempre campestre, donde no debe faltar la carapulcra, comida típica nuestra, acompañada de su vino tinto “de reglamento”; o para decirlo en nuestro lenguaje coloquial “un manchapecho con su sacarroncha”.

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Esa mañana, cuando los vi tuve la impresión que tenían algo en particular, algo que los hacía diferentes del resto. Esta apreciación me llevó a tener que observarlos detenidamente por un tiempo prolongado sin que se dieran cuenta por supuesto y así, pude concluir que sí, que efectivamente tenían ciertas particularidades que no tenían los otros que aquel día se encontraban con ellos y que vestían uniforme similar.

Todos se encontraban en uno de los pisos del Servicio de Medicina, pero de aquel grupo, pude determinar que sólo eran 2 quienes poseían esa particularidad. Estaban allí tomando contacto con los pacientes internados en el servicio. Vi cómo les tomaban el pulso y la presión arterial, tal cual lo hacía el resto del grupo. Pensé entonces que también les interesaba conocer nuestras patologías, es decir profundizar mucho más del comportamiento fisiopatológico del organismo humano en las enfermedades.

Un servicio de hospitalización siempre es un ambiente potencialmente contaminado, donde abundan los gérmenes; de un lado los que traen los pacientes, que prontamente se hacen resistentes a los antibióticos, la infección que se produce recibe el nombre de infecciones intranosocomiales porque se adquieren en un ambiente hospitalario y tienen un comportamiento mucho más agresivo que aquellas infecciones cuyo contagio se ha dado fuera de los establecimientos de salud a las que se les denominan infecciones adquiridas en comunidad, de mejor respuesta a los antibióticos.

Estos personajes debían saberlo, por lo que también habían tomado sus medidas de protección, colocándose sus correspondientes mascarillas. La mascarilla es un medio de barrera, utilizado para cubrirse la nariz debido a esa es la puerta de entrada de los gérmenes de transmisibilidad aérea. Pero la protección en realidad es bidireccional, porque protegen tanto al paciente como al que entra en contacto con ellos, en lo que se ha dado en llamar medidas de bioseguridad.

Entonces, si esa era la razón para el uso de mascarillas, estos personajes diferentes también utilizaban las medidas de bioseguridad, pero lo hacían de una manera diferente.

Por ello, cuando lo vi, me plantee la hipótesis que no eran de este planeta, sino que se tratará de extraterrestres que ya se encontraban entre nosotros, tal vez camuflados, utilizando, en este caso, uniforme color turquesa. También asumí que debían tener nuestras nociones en relación al contagio y por ello también utilizaban mascarillas, pero justamente en este hecho se encontraba la diferencia, pues a diferencia de nosotros no las usaban para cubrirse la nariz, sino que las tenían colocadas en el brazo.

Recordé entonces, haber visto días anteriores, en este mismo establecimiento, a otro individuo que debía pertenecer al mismo grupo ya que también usaba la mascarilla en el brazo y no para cubrirse  las fosas nasales. Sin embargo, este otro personaje no tenía uniforme color turquesa como los descritos, sino un mandil blanco tal cual los médicos o internos. Asociando hechos podría inferir que se trataba de sujetos con esta característica diferencial y que encuentran distribuidos por diferentes servicios, tal vez cumpliendo la misma misión.

Sobre la base de lo relatado, podríamos decir que sus fosas nasales o su equivalente debían estar no en la cara como el resto de los llamados terrícolas, sino en su brazo, donde se encontraría la puerta de entrada de su vía respiratoria.

Esa puede ser una manera de detectar a los extraterrestres y aproveché la exposición que tuve en el auditorio del hospital el día anterior para hacer pública las imágenes de estos personajes.

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Esta mañana hemos participado como ponente en el curso “Gestión de la Calidad y Seguridad del Paciente” organizado por el Área de Centro Quirúrgico; Unidad de Quemados; y Central de Esterilización” del Departamento de Enfermería del Hospital Carrión del Callao.

calidad y seguridadNo obstante que el término “calidad” puede ser de uso rutinario, el concepto tiene sus particularidades en la atención al paciente, dada las dosis de insatisfacción de expectativas por parte nuestros usuarios, como se aprecia en encuestas de opinión y otros trabajos que auscultan la percepción de la población que acude a los establecimientos de salud y también de la sociedad en sus conjunto, la cual es bastante sensible a resultados no deseados, como son los eventos adversos derivados muchas veces de fallas en el proceso de atención.

Los niveles de seguridad no son iguales

Para graficar el ejemplo hemos comparado los niveles de seguridad máximos que se dan por ejemplo en las plantas nucleares, teniendo en consideración la catástrofe que significaría fallas de procesos que afectarían la seguridad de las mismas si se produjera el escape de energía nuclear. Igualmente los niveles de seguridad que deben tener las aerolíneas para evitar accidentes aéreos.

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La calidad está ligada necesariamente a la seguridad. Van de la mano, diríamos que calidad es la variable independiente y seguridad la variable dependiente.

¿Tenemos la misma percepción de seguridad en los procesos en salud?

El enfoque sistémico y la propuesta de Avedis Donabedian, basada en indicadores de estructura, proceso y resultado fueron discutidos utilizando ejemplos de nuestra actual situación institucional, donde encontramos evidencias de las debilidades en los indicadores de estructura; igualmente entramos al análisis de los indicadores de proceso, su reflejo en la calidad de atención y cómo sus debilidades podrían propiciar la aparición eventos adversos; luego los indicadores de resultado, que expresan el impacto de nuestros productos en la sociedad.

La actitud y el compromiso, son condición sine qua non para la calidad

solidaridadPara ser bastante simples y entendibles ante el auditorio, utilizamos fotos tomados en nuestro servicio de internos de medicina dando sus alimentos a pacientes que cursaban con ciertos niveles de dependencia, lo que determinaba que debían recibir dieta asistida por un familiar o por personal de salud, labor que generalmente cumplen los técnicos de enfermería; que bajo la lógica de un enfoque burocrático podrían haber señalado que “esa no era su función”, pero que una formación basada en valores -c permite actos como el presente, de solidaridad con el ser humano en situación doliente.

El Protocolo de Londres

Para concluir nuestra participación pasamos un video sobre el Protocolo de Londres, herramienta completa que analiza toda la cadena de sucesos y los factores que contribuyeron a que el error ocurra para finalmente descubrir cuáles son las carencias y deficiencias de la organización sanitaria.

Protocolo de Londres

Significa una manera diferente de gestionar el riesgo sanitario, facilitando una investigación clara de los sucesos adversos y significa ir mucho más allá de identificar cual fue el error o el “culpable” del error.

Publicamos la carta que dirige José Quiche a Carlos Morales, médico pediatra del Hospital del Niño, la cual ha sido colocada en el correo de los sanfernandinos, acerca de Carrión, nuestro mártir, en el Día de la Medicina Peruana. La posteamos por su valor documental y como reconocimiento a Carrión, el estudiante de medicina. 

Carlos: nunca como hoy sentí la  necesidad de expresar las emociones que despiertan en mí al releer la apasionante vida de nuestro mayor exponente nacional en ciencias médicas. Tengo a mano diverso material; pero de modo especial basaré este ensayo en las bien documentadas biografías recogidas por el doctor Donald Morote y en lo referente al aporte científico me remito a  la publicación del doctor Arias Stella.

A Daniel Alcides Carrión le tocó vivir en una época difícil de nuestra historia. Salíamos de una guerra cruel, con un saldo tremendamente en contra; el país y sus instituciones en ruinas; casi todo por empezar de nuevo; con nuestro orgullo nacional seriamente magullado. En medio de  escenario tan adverso, Carrión, un estudiante de medicina cerreño, hijo de un abogado ecuatoriano y una dama natural de Cerro de Pasco, ciudad minera por excelencia, en donde llegaron por entonces a funcionar más de diez consulados, vinculados a la riqueza mineral y su explotación. Carrión viajaba a Lima a lomo de bestia en una travesía que duraba varios días. En su trayecto cruzaba la cordillera agreste y gélida, tal vez impresionado al ver los magníficos trabajos de ingeniería en la construcción del ferrocarril cuyo destino sería La Oroya, y fue testigo presencial del macabro desfile de las carretas que trasladaban los cuerpos apretujados de los obreros muertos por docenas. Una fiebre maligna anemizante llamada Fiebre de la Oroya los consumía hasta aniquilarlos.

Carrión vivía en la calle Paruro y en los ratos libres concurría a los salones de billar de Mesa Redonda, que aun existían en mi época de estudiante, en los años 70, antes que le cayera la maldición y se convirtiera en mercado de pulgas y depósito de baratijas. Como el joven estudiante era de talla baja utilizaba un banquito para jugar.

La Facultad de Medicina  estaba  aún muy influenciada por España, país que era y sería el más atrasado de Europa hasta más  de la mitad del siglo XX.  En los años que estudio Carrión aún se  creía y enseñaba sobre el origen miasmático de las enfermedades, no obstante que ya en Alemania Koch había descubierto el bacilo causante  de  la TBC; Pasteur en los años 50 había demostrado la existencia de microorganismos, la manera de conservar los alimentos, había igualmente, mediante manipulación microbiana, preparado vacunas contra el carbunco en el ganado y la rabia en humanos. Refutó la hasta entonces muy respetada teoría de la “generación espontánea” demostrando que la vida solo puede provenir de la vida.  Lister, cirujano inglés, por esos mismos años, había logrado reducir la mortalidad en los quirófanos aplicando la  antisepsia, es decir manteniéndolos libres de gérmenes  usando el ácido fénico.

Carrión, hombre de espíritu inquieto y mente de investigador, vivía la dura realidad de un país que estaba a casi 50 años de inaugurar su primer Hospital de Niños (1929) que hasta hoy sigue siendo el único; mientras en Paris y Londres se practicaba la pediatría en sendos hospitales veinte años atrás. Por entonces, lejos estaban de estos lares los conocimientos de avanzada, íbamos rezagados y aún se creía que las enfermedades como el cólera, la viruela, la sífilis eran  producto de las emanaciones fétidas de aguas estancadas (miasma) que se mezclaban con el aire del ambiente; que los restos orgánicos vegetales descompuestos eran el sustrato de tales gases y efluvios causando enfermedades. Así  malaria proviene de “mal aire”. Esta era una teoría muy antigua ideada en épocas oscurantistas, propuesta por Sydenham. Solo algunos afortunados que habían visitado París tenían conocimientos actualizados, entre ellos el doctor Lino Alarco, cirujano del hospital Dos de Mayo; pero eran muy pocos.

Carrión estaba muy interesado en el estudio de la verruga, enfermedad de evolución benigna de apariencia tumoral y deformante que luego del brote verrucoso, curaba, y que  era endémica en los valles cálidos interandinos. Él había realizado un estudio bien documentado de su  evolución clínica. Pero había dos hechos que deseaba comprobar: el periodo de incubación y si el mal era inoculable…Y decidió auto inocularse. Lo hizo en la mañana del  27 de agosto de 1885 en la sala Nuestra Señora de las Mercedes del Hospital 2 de Mayo.

Tanto en el testimonio oral de su compañero de  estudios  Mariano Alcedan y de mayor crédito aun, sus apuntes, que fueron publicados a un año de su muerte por sus compañeros de promoción, se concluye : primero,  que Carrión tenía el concepto miasmático de la infección, por su referencia a “los pantanos cenagosos contenidos en las aguas del río Rímac, que produciendo emanaciones y por alteraciones climáticas, producen la enfermedad” y a su afirmación, casi con desdén, a que “hoy todas las enfermedades se las atribuye a los microbios” y, segundo, de que no hay atisbo de la intención de demostrar relación sospechosa entre la verruga y la fiebre de la Oroya. Más bien se refiere a ese tema, ya mencionado por  otros médicos quienes afirmaban que ambas enfermedades eran de origen común, como “no digno de ser tomado en cuenta, a menos que  pruebas contundentes lo revelen”.

Cuando aparecen los primero síntomas, a los veintiún días y se instala la fiebre, las mialgias, artralgias, la anemia severa de tipo hemolítico, El doctor Ricardo Flores,  amigo de Carrión, quien había traído de Europa el primer y único microscopio en el país realizo el recuento de glóbulos rojos. Carrión se da cuenta de su real estado y el 27 de septiembre y deja en manos de sus compañeros su cuidado. Entonces dice: “hasta hoy pensé que lo que  tenía era una fase febril de la  verruga; pero me doy cuenta y estoy  convencido que lo que tengo es la fiebre de la Oroya. Tenía razón el doctor Alarco cuando una vez se refirió a dicha unidad; puedo asegurar que la verruga y la fiebre de la Oroya son una misma enfermedad con diferente expresión clínica”.

Para entonces sus profesores lo habían abandonado y habían solemnemente descartado responsabilidad alguna, aduciendo que  la inoculación se  realizó sin autorización. Nuestro joven héroe se debatía con  la fiebre y la anemia en su domicilio. ¡Qué solo debió sentirse! Agonizante, ni le dieron cabida en su querido hospital, donde era interno. Pero él tenía amigos y ellos no le fallaron. Lo atendían por turnos. Carrión sugirió lo llevaran a la Maison de Santè. A dos días de su muerte pidió que le hicieran una transfusión. Por fin fueron sus profesores a verle. Se realizaron dos juntas médicas e inexplicablemente  postergaron la transfusión. El 5 de  octubre a las 10 pm  falleció.

El valor de la inmolación de  Carrión reside en su sagacidad para dar un “golpe de timón” en su experimento, al reconocer que buscando una cosa halló otra, lo cual es algo que no a pocos científicos y viajeros les ha ocurrido. Esa entereza para en medio de la carrera, mencionar un cambio en los hallazgos, reconociendo lo que antes se negó, especialmente si se sabe que al final espera la muerte, requiere de mucho valor. Y Carrión lo tuvo y mucho más.

José Quiche