Publicamos la carta que dirige José Quiche a Carlos Morales, médico pediatra del Hospital del Niño, la cual ha sido colocada en el correo de los sanfernandinos, acerca de Carrión, nuestro mártir, en el Día de la Medicina Peruana. La posteamos por su valor documental y como reconocimiento a Carrión, el estudiante de medicina. 

Carlos: nunca como hoy sentí la  necesidad de expresar las emociones que despiertan en mí al releer la apasionante vida de nuestro mayor exponente nacional en ciencias médicas. Tengo a mano diverso material; pero de modo especial basaré este ensayo en las bien documentadas biografías recogidas por el doctor Donald Morote y en lo referente al aporte científico me remito a  la publicación del doctor Arias Stella.

A Daniel Alcides Carrión le tocó vivir en una época difícil de nuestra historia. Salíamos de una guerra cruel, con un saldo tremendamente en contra; el país y sus instituciones en ruinas; casi todo por empezar de nuevo; con nuestro orgullo nacional seriamente magullado. En medio de  escenario tan adverso, Carrión, un estudiante de medicina cerreño, hijo de un abogado ecuatoriano y una dama natural de Cerro de Pasco, ciudad minera por excelencia, en donde llegaron por entonces a funcionar más de diez consulados, vinculados a la riqueza mineral y su explotación. Carrión viajaba a Lima a lomo de bestia en una travesía que duraba varios días. En su trayecto cruzaba la cordillera agreste y gélida, tal vez impresionado al ver los magníficos trabajos de ingeniería en la construcción del ferrocarril cuyo destino sería La Oroya, y fue testigo presencial del macabro desfile de las carretas que trasladaban los cuerpos apretujados de los obreros muertos por docenas. Una fiebre maligna anemizante llamada Fiebre de la Oroya los consumía hasta aniquilarlos.

Carrión vivía en la calle Paruro y en los ratos libres concurría a los salones de billar de Mesa Redonda, que aun existían en mi época de estudiante, en los años 70, antes que le cayera la maldición y se convirtiera en mercado de pulgas y depósito de baratijas. Como el joven estudiante era de talla baja utilizaba un banquito para jugar.

La Facultad de Medicina  estaba  aún muy influenciada por España, país que era y sería el más atrasado de Europa hasta más  de la mitad del siglo XX.  En los años que estudio Carrión aún se  creía y enseñaba sobre el origen miasmático de las enfermedades, no obstante que ya en Alemania Koch había descubierto el bacilo causante  de  la TBC; Pasteur en los años 50 había demostrado la existencia de microorganismos, la manera de conservar los alimentos, había igualmente, mediante manipulación microbiana, preparado vacunas contra el carbunco en el ganado y la rabia en humanos. Refutó la hasta entonces muy respetada teoría de la “generación espontánea” demostrando que la vida solo puede provenir de la vida.  Lister, cirujano inglés, por esos mismos años, había logrado reducir la mortalidad en los quirófanos aplicando la  antisepsia, es decir manteniéndolos libres de gérmenes  usando el ácido fénico.

Carrión, hombre de espíritu inquieto y mente de investigador, vivía la dura realidad de un país que estaba a casi 50 años de inaugurar su primer Hospital de Niños (1929) que hasta hoy sigue siendo el único; mientras en Paris y Londres se practicaba la pediatría en sendos hospitales veinte años atrás. Por entonces, lejos estaban de estos lares los conocimientos de avanzada, íbamos rezagados y aún se creía que las enfermedades como el cólera, la viruela, la sífilis eran  producto de las emanaciones fétidas de aguas estancadas (miasma) que se mezclaban con el aire del ambiente; que los restos orgánicos vegetales descompuestos eran el sustrato de tales gases y efluvios causando enfermedades. Así  malaria proviene de “mal aire”. Esta era una teoría muy antigua ideada en épocas oscurantistas, propuesta por Sydenham. Solo algunos afortunados que habían visitado París tenían conocimientos actualizados, entre ellos el doctor Lino Alarco, cirujano del hospital Dos de Mayo; pero eran muy pocos.

Carrión estaba muy interesado en el estudio de la verruga, enfermedad de evolución benigna de apariencia tumoral y deformante que luego del brote verrucoso, curaba, y que  era endémica en los valles cálidos interandinos. Él había realizado un estudio bien documentado de su  evolución clínica. Pero había dos hechos que deseaba comprobar: el periodo de incubación y si el mal era inoculable…Y decidió auto inocularse. Lo hizo en la mañana del  27 de agosto de 1885 en la sala Nuestra Señora de las Mercedes del Hospital 2 de Mayo.

Tanto en el testimonio oral de su compañero de  estudios  Mariano Alcedan y de mayor crédito aun, sus apuntes, que fueron publicados a un año de su muerte por sus compañeros de promoción, se concluye : primero,  que Carrión tenía el concepto miasmático de la infección, por su referencia a “los pantanos cenagosos contenidos en las aguas del río Rímac, que produciendo emanaciones y por alteraciones climáticas, producen la enfermedad” y a su afirmación, casi con desdén, a que “hoy todas las enfermedades se las atribuye a los microbios” y, segundo, de que no hay atisbo de la intención de demostrar relación sospechosa entre la verruga y la fiebre de la Oroya. Más bien se refiere a ese tema, ya mencionado por  otros médicos quienes afirmaban que ambas enfermedades eran de origen común, como “no digno de ser tomado en cuenta, a menos que  pruebas contundentes lo revelen”.

Cuando aparecen los primero síntomas, a los veintiún días y se instala la fiebre, las mialgias, artralgias, la anemia severa de tipo hemolítico, El doctor Ricardo Flores,  amigo de Carrión, quien había traído de Europa el primer y único microscopio en el país realizo el recuento de glóbulos rojos. Carrión se da cuenta de su real estado y el 27 de septiembre y deja en manos de sus compañeros su cuidado. Entonces dice: “hasta hoy pensé que lo que  tenía era una fase febril de la  verruga; pero me doy cuenta y estoy  convencido que lo que tengo es la fiebre de la Oroya. Tenía razón el doctor Alarco cuando una vez se refirió a dicha unidad; puedo asegurar que la verruga y la fiebre de la Oroya son una misma enfermedad con diferente expresión clínica”.

Para entonces sus profesores lo habían abandonado y habían solemnemente descartado responsabilidad alguna, aduciendo que  la inoculación se  realizó sin autorización. Nuestro joven héroe se debatía con  la fiebre y la anemia en su domicilio. ¡Qué solo debió sentirse! Agonizante, ni le dieron cabida en su querido hospital, donde era interno. Pero él tenía amigos y ellos no le fallaron. Lo atendían por turnos. Carrión sugirió lo llevaran a la Maison de Santè. A dos días de su muerte pidió que le hicieran una transfusión. Por fin fueron sus profesores a verle. Se realizaron dos juntas médicas e inexplicablemente  postergaron la transfusión. El 5 de  octubre a las 10 pm  falleció.

El valor de la inmolación de  Carrión reside en su sagacidad para dar un “golpe de timón” en su experimento, al reconocer que buscando una cosa halló otra, lo cual es algo que no a pocos científicos y viajeros les ha ocurrido. Esa entereza para en medio de la carrera, mencionar un cambio en los hallazgos, reconociendo lo que antes se negó, especialmente si se sabe que al final espera la muerte, requiere de mucho valor. Y Carrión lo tuvo y mucho más.

José Quiche