Ese domingo, casi a las 6 de la tarde, me encontraba en Playa Arica, en el distrito de Lurín, al sur de Lima. Dada la hora, me puse a ver la caída del sol, el cual toma un color anaranjado dando la impresión que se introduce en el mar hasta desaparecer completamente, maravilloso fenómeno que se repite con exactitud matemática desde los orígenes mismos del sistema planetario solar.

En esas circunstancias, las palabras de una de las personas que se hallaba a mi lado pareció sacarme del estado de concentración en que me hallaba, diciéndome: “usted, que está mirando la caída del sol, se ha percatado acaso, de la existencia de esas tres islas que aparecen allá”?

La verdad es que mi mirada sólo estaba centrada en ver la caída del sol sin prestar atención a alguna otra referencia geográfica. Recién entonces, reparé que efectivamente, en ese espacio marino se veían tres islotes de diferente tamaño, estando la más pequeña entre los otros dos.

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Bueno, dice mi ocasional interlocutor, esas pequeñas islas que usted ve como telón de fondo en el ocaso del astro rey, están ligadas a la mitología andina de la zona de Huarochirí. La más grande corresponde al Inca, la otra a la Ñusta y la más pequeña, ubicado en el centro, corresponde al hijito de ambos.

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Al llegar a casa, tal vez lo primero que hice fue buscar a través del internet información sobre esta conversación. Así, encontré la obra “Dioses y Hombres de Huarochirí(*), manuscrito quechua sin título recogido a fines del s. XVI en esta provincia por el sacerdote cuzqueño Francisco de Ávila, traducida por José María Arguedas.

El mito y leyendas son la imagen de lo sagrado. Es la forma de narrar la historia que tenían los pueblos andinos. Es la manera de historiar, no se trata de cuentos; sino de la cosmovisión andina de la relación entre el hombre y la naturaleza.

Según esta historia, el Inca Viracocha al llegar a esta zona de Pachacamac, en Lurín, se quedó prendado de la belleza Cavillaca, una princesa quien era requerida por muchos hombres, sin que ninguno de ellos lograra ser favorecido por ella.

Cierto día, estando la bella princesa tejiendo al pie de un árbol de lúcuma. Cuniraya Viracocha, “el creador de los hombres, porque la gente para adorar decía así: “Cuniraya Viracocha, hacedor del hombre, hacedor del mundo”, tomó la apariencia de un hombre muy pobre; y como era sabio, se convirtió en pájaro y subió al árbol. Ya en la rama tomó un fruto, le echó su germen masculino e hizo caer el fruto delante de la mujer. Ella muy contenta, tragó el germen. Y de ese modo quedó preñada, sin haber tenido contacto con ningún hombre. A los nueve meses, como cualquier mujer, ella parió así doncella. Durante un año crió dándole sus pechos a la niña. “¿Hija de quién será?”, se preguntaba. Y cuando la hija cumplió el año justo y ya gateaba de cuatro pies, la madre hizo llamar a todos los príncipes de todas partes. Quería que reconocieran a su hija. Ellos, al oír la noticia, se vistieron con sus mejores trajes. “A mí ha de quererme, a mí ha de quererme”, diciendo, acudieron al llamado de Cavillaca.

La reunión se hizo en Anchicocha donde la mujer vivía. Y allí, estando todos sentados, la mujer les dijo: “Ved hombres, poderosos jefes, reconoced a esta criatura. ¿Cuál de vosotros me fecundó con su germen?” Y preguntó a cada uno de ellos, a solas: “Fuiste tú? ¿Fuiste tú?”, les iba diciendo. Y ninguno de ellos contestó: “Es mío.” Y entonces, como Cuniraya Viracocha, del que hemos hablado, sentado humildemente, aparecía como un hombre muy pobre, la mujer no le preguntó a él. “No puede ser hijo de un miserable», diciendo, asqueada de ese hombre harapiento, no le preguntó; porque este Cuniraya estaba rodeado de hombres hermosamente vestidos. Y como nadie afirmara: “Es mi hijo” ella le habló a la niña: “Anda tú misma y reconoce a tu padre” y diciendo a los hombres allí reunidos le dijo: “Si alguno de vosotros es el padre, ella misma tratará de subir a los brazos de quien sea el padre.” Entonces, la criatura empezó a caminar a cuatro pies hasta el sitio en que se encontraba el hombre haraposo. En el trayecto no pretendió subir al cuerpo de ninguno de los presentes; pero apenas llegó ante el pobre, muy contenta y al instante, se abrazó de sus piernas.

Cuando la madre vio esto, se enfureció mucho: “¡Qué asco! ¿Es que yo pude parir el hijo de un hombre tan miserable?”, exclamando, alzó a su hija y corrió en dirección del mar. Viendo esto: “Ahora mismo me ha de amar”, dijo Cuniraya Viracocha y, vistiéndose con su traje de oro, espantó a todos y dijo: “Hermana Cavillaca, mira a este lado y contémplame; ahora estoy muy hermoso.” Y haciendo relampaguear su traje, se cuadró muy enhiesto. Pero ella ni siquiera volvió los ojos hacia al sitio en que estaba Cuniraya, siguió huyendo hacia el mar.

“Por haber parido el hijo inmundo de un hombre despreciable, voy a desaparecer”, dijo, y diciendo, se arrojó al agua. Y allí hasta ahora, en ese profundo mar de Pachacamac se ven muy claro dos piedras en forma de gente que allí viven. Apenas cayeron al agua, ambas [madre e hija] se convirtieron en piedra. La tercera piedra corresponde a Cuniraya Viracocha.

(*) DIOSES Y HOMBRES DE HUAROCHIRÍ. http://americaindigena.com/diosesyh.htm