Yo no conocí a Don Fortunato Quesada, pues cuando ingresé a la Facultad de Medicina, él ya había partido, porque había fallecido en el año 1966; pero alguna vez, siendo estudiante de medicina aún, escuché alguna de las anécdotas de este prestigioso médico que llegó a ser director del Benemérito Hospital 2 de Mayo. Así, recuerdo perfectamente muchas de ellas, de una época donde era común a los estudiantes tener la oportunidad de escuchar de los profesores parte del vasto anecdotario médico que tiene la profesión, lo que de alguna manera pudiera considerarse la transmisión oral en la medicina.

La nota introductoria tiene que ver con la atención médica realizada esta tarde a una paciente en su domicilio. Ella se encontraba acompañada de otra persona, la misma que durante la anamnesis intervino para referir que le había dado a la paciente un antibiótico, mostrándome el blíster.

Caramba, señora, le dije en tono de confianza: ¿I dónde aprendió usted medicina?, a lo que ella respondió, es que mi padre fue médico.

Casi de manera automática le pregunté por el nombre de su padre, quien resultó ser el Dr. Fortunato Quesada. En ese momento me vino a la mente la siguiente anécdota de quien fuera ilustre profesor sanfernandino, la cual le conté a ambas personas.

“Dicen que el profesor Quesada, quien era cirujano, en una clase donde el tema era hernias, refiriéndose a la recidiva de esta patología como una complicación de la misma luego de su manejo quirúrgico, le dice a sus alumnos: “ni hernia recidivada ni comida calentada”, escuchándose acto seguido, desde el fondo del salón de clases la voz anónima de un alumno que agregaba: “… ni las clases de Quesada”, (todo en rima) lo que motivo la risa generalizada, incluyendo la del mismo profesor, quien felicitó al alumno por su agudeza”.

La hija presente en la consulta también riò por la ocurrencia de entonces.